Vieja, entre tanta lesera sin importancia se me extravió la fecha de tu partida. Si no es por Esteban que lo recordó en este facebook que no alcanzaste a utilizar (si no habrías sido una adicta), nada lo hubiese hecho.
Te echo de menos. Pero más que extrañarte, siento un gran alivio de saber que ya no te duele vivir, como esos últimos meses horrendos. Ya sé lo que es ver apagarse a una madre. Ni siquiera el chron me dolió tanto.
Ví unas fotos recién en donde apareces preparando tus empanadas fritas dieciocheras. ¡Qué ricas te quedaban! O tus pajaritos. Tus bistec con tomate. Todo el cariño que nos brindabas através de la comida y de absolutamente todo lo demás. Incluso de tus furias.
Sin embargo, lo que hoy más me emociona, es saber que tuve a una abuela que fue una mujer valiente. Antes no habría podido comprenderlo, pero ya soy vieja y sé que con las herramientas que te dio la vida construiste un castillo, piedra por piedra. No he visto a muchas mujeres como tú, así de francas, así de seguras, así de esforzadas, así de inteligentes. La combinación es lo que nos convierte en únicos. Y yo quiero ser así como eras tú. Tal vez un poco más feliz (nunca está de más la felicidad). Y menos virgen de los 50 en adelante. Heredé tu lengua sin censura, Ia. Además de tu cara.
Quiero ser valiente como tú, Ia (ia, i-a). Qué mi vida no sea en vano. Y cuando llegue mi hora, espero que tú me entregues mis alas. A veces siento que hago méritos con hipo para no obtenerlas. Otros días no me siento tan perversa. Supongo que cuando llegue mi momento, sabré.